Gentileza Alejandro Flores (Periodista-Locutor)
Cada 7 de junio volvemos a escuchar los mismos saludos, los mismos homenajes y las mismas frases hechas sobre la importancia del periodismo. Está bien. Son parte del ritual. Pero tal vez el mejor homenaje no sea felicitar periodistas, sino preguntarnos para qué los seguimos necesitando.
La respuesta parece obvia, aunque cada vez lo es menos.
Vivimos en la era de la información infinita. Tenemos más noticias, más datos, más videos, más opiniones y más pantallas que en cualquier otro momento de la historia. Sin embargo, nunca fue tan difícil distinguir la verdad de la mentira.
Las redes sociales prometieron democratizar la comunicación. Y en parte lo hicieron. Hoy cualquiera puede contar lo que ve, denunciar una injusticia o compartir información en tiempo real. El problema es que también cualquiera puede mentir, manipular o inventar una realidad paralela que, repetida miles de veces, termina pareciendo cierta.
Los algoritmos no premian la verdad. Premian la atención. No importa si algo es correcto o falso; importa si genera clics, enojo, miedo o indignación. La emoción viaja más rápido que los hechos y la viralización suele llegar mucho antes que la verificación.
En ese escenario, el periodismo enfrenta un desafío enorme: recuperar el valor de la duda.
Porque informar no es amplificar rumores. No es repetir lo que circula en redes. No es militar una causa ni actuar como vocero de un gobierno, una empresa o una oposición. Informar sigue siendo verificar, contrastar, contextualizar y preguntar.
Y preguntar, en estos tiempos, se volvió una actividad incómoda.
Molesta a los gobiernos cuando están en el poder. Molesta a las empresas cuando afecta sus negocios. Molesta a los dirigentes cuando expone contradicciones. Y también molesta a una parte de la sociedad que muchas veces ya no busca información para entender la realidad, sino confirmaciones para sostener sus propias creencias.
La paradoja es brutal. Una sociedad que reclama información de calidad parece haber naturalizado que quienes la producen trabajen cada vez en condiciones más precarias. Salarios bajos, contratos inestables, pluriempleo, falta de cobertura médica y redacciones cada vez más reducidas son parte de una realidad que rara vez aparece en los discursos del Día del Periodista.
Mientras se habla de libertad de prensa, muchos trabajadores de prensa apenas pueden sostener su independencia económica.
Y sin embargo, pese a todo, el periodismo sigue siendo necesario.
No porque los periodistas sean mejores que nadie. No porque tengan la verdad revelada. Sino porque una democracia sana necesita personas dedicadas profesionalmente a hacer preguntas, controlar al poder y verificar información.
Cuando desaparecen los periodistas, no desaparecen los problemas. Lo que desaparece es quien los cuenta.
Por eso el desafío ya no es solamente informar. El desafío es recuperar credibilidad en una época donde la confianza vale más que cualquier primicia.
Porque al final del día, una sociedad bien informada no es aquella que recibe más información, sino aquella que puede distinguir los hechos de los relatos.
Y esa batalla, aunque algunos la den por perdida, sigue valiendo la pena.
