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Once años de Ni Una Menos: cuando el grito sigue siendo necesario

Gentileza Alejandro Flores (Periodista-locutor)

Hace once años, una multitud salió a las calles con una consigna simple, urgente y dolorosa: Ni Una Menos. No fue una moda. No fue una campaña de redes sociales. Fue el hartazgo de una sociedad que ya no quería contar mujeres asesinadas como si fueran estadísticas inevitables.

Once años después, la pregunta incómoda sigue ahí: ¿qué cambió realmente?

Porque en estos años hubo leyes, ministerios, observatorios, protocolos, capacitaciones y discursos. Hubo funcionarios prometiendo que cada femicidio sería el último. Hubo minutos de silencio, velas encendidas y declaraciones institucionales. Pero también siguieron apareciendo nombres, rostros e historias que volvieron a demostrar que la violencia de género sigue siendo una emergencia.

Y tal vez ahí esté el problema. Argentina parece haberse acostumbrado a convivir con la tragedia. Cada caso genera indignación durante algunos días, ocupa titulares, provoca debates televisivos y moviliza a miles de personas. Después llega otro escándalo, otra noticia, otra urgencia. Y la violencia vuelve a esconderse detrás de las paredes de una casa, en una denuncia que nadie escucha o en una amenaza que todos minimizan.

Lo más preocupante es que el paso del tiempo parece haber desgastado la capacidad de asombro. Ya no discutimos cómo erradicar la violencia; discutimos si existe. Ya no debatimos soluciones; debatimos estadísticas. Como si los números fueran más importantes que las vidas que representan.

Ni Una Menos nació para interpelar a toda la sociedad, no solamente al Estado. Porque el problema no empieza con un femicidio. Empieza mucho antes: en el silencio, en la indiferencia, en la naturalización de conductas violentas y en una cultura que todavía encuentra excusas donde debería encontrar límites.

Once años después, el movimiento sigue siendo necesario precisamente porque su objetivo aún no se cumplió. Y eso no debería ser motivo de celebración ni de disputa ideológica. Debería ser motivo de preocupación.

Porque cuando una consigna cumple más de una década y sigue teniendo vigencia, no es señal de éxito. Es la prueba de que la deuda continúa.

Y mientras siga existiendo una mujer que viva con miedo, una denuncia que no sea escuchada o una familia que tenga que salir a pedir justicia, el grito seguirá resonando en las calles.

No porque once años después la sociedad no haya avanzado.

Sino porque once años después todavía no avanzó lo suficiente.