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Menos pobreza infantil, más preguntas incómodas

Gentileza Alejandro Flores ( Periodista-Locutor)

Hay noticias que deberían celebrarse sin vueltas. Y que la pobreza infantil haya bajado al 42,3%, alcanzando el nivel más bajo desde 2018, es una de ellas. Porque detrás de cada porcentaje hay chicos que comen mejor, familias que llegaron a fin de mes y hogares que lograron salir de una situación límite.
Pero en Argentina tenemos una costumbre extraña: convertir cada dato en una batalla política. Si baja la pobreza, unos festejan como si el problema estuviera resuelto. Si sube, otros lo usan como prueba irrefutable de un fracaso. Y mientras tanto, los chicos siguen creciendo.
El dato de UNICEF es alentador, pero también incómodo. Porque un 42,3% sigue significando que más de cuatro de cada diez niños viven en la pobreza. Imaginen cualquier aula de una escuela primaria. Miren diez alumnos sentados. Cuatro de ellos, según esa estadística, viven en hogares con ingresos insuficientes. ¿De verdad alguien puede considerar eso una victoria definitiva?
La realidad argentina tiene esa capacidad de hacernos perder la perspectiva. Celebramos que algo baje del 50% al 42% porque nos acostumbramos a convivir con cifras que en cualquier país serían consideradas una emergencia nacional.
Y hay otro dato que merece atención: UNICEF advierte que la tendencia podría revertirse. Es decir, no estamos frente a una conquista consolidada sino ante una mejora que todavía necesita estabilidad económica, empleo genuino y políticas sostenidas en el tiempo.
Porque la pobreza infantil no se combate con discursos ni con hashtags. Tampoco con relatos optimistas ni catastrofistas. Se combate con trabajo, educación, crecimiento económico y un Estado capaz de sostener las redes de contención cuando las crisis golpean.
Quizás la pregunta más importante no sea quién se lleva el mérito de la baja, sino cómo hacemos para que dentro de cinco años hablar de un 42% de pobreza infantil nos parezca un escándalo y no una buena noticia.
Porque cuando una sociedad celebra que cuatro de cada diez chicos sean pobres en lugar de cinco, está claro que mejoró. Pero también está claro que todavía tiene un problema enorme por resolver. Y ese problema no debería tener color político. Debería tener urgencia.