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La patria no se toma con café, se toma con leche y hoy ni eso alcanza

GENTILEZA: ALEJANDRO FLORES (Periodista-Locutor)

Hay algo profundamente simbólico en que una empresa láctea entre en crisis en la Argentina. Porque acá la leche nunca fue solamente leche. Fue desayuno de escuela. Fue merienda humilde. Fue campo. Fue camionero madrugando. Fue tambero peleando contra la helada. Fue industria nacional. Fue esa idea vieja —y cada vez más rota— de que producir alimentos era una garantía de futuro.

Y ahora resulta que no.

Ahora los funcionarios, los senadores y los productores tienen que “unificar criterios” para ver cómo salvar a Lácteos Verónica. Hermosa frase burocrática para describir algo bastante más brutal: otra empresa importante al borde del abismo mientras el consumo se derrumba y la economía real empieza a sonar hueca.

Porque el problema no es solamente Verónica.

El problema es que cuando cae una láctea, no cae una marca. Cae una cadena entera. Cae el productor que vende menos. Cae el transportista. Cae el comercio del pueblo. Cae el empleado que ya no sabe si el sueldo llega. Y cae también una idea incómoda para ciertos economistas de PowerPoint: que no todo se arregla mirando el Excel del déficit fiscal.

La Argentina empezó a naturalizar una palabra peligrosísima: “reestructuración”.

Todo se reestructura.
La industria se reestructura.
Los salarios se reestructuran.
Las jubilaciones se reestructuran.
La clase media se reestructura.

Traducido al castellano real: cada vez alcanza menos.

Mientras tanto, nos venden como epopeya que bajó la inflación mensual aunque el changuito parezca una maqueta. Y claro que la inflación importa. Pero hay algo peor que una inflación alta: una economía donde directamente nadie puede comprar.

Porque si la gente deja de consumir leche, yogur, queso… no estamos hablando de lujo. Estamos hablando de alimentos básicos. Y cuando una sociedad empieza a recortar comida esencial, la alarma ya no es económica: es social.

Entonces aparecen las mesas de diálogo. Las reuniones. Las fotos. Los comunicados llenos de palabras como “consenso”, “articulación” y “sostenibilidad”. Pero la pregunta incómoda sigue ahí:

¿Cómo puede entrar en crisis una industria alimenticia en un país que produce comida para millones?

Y la respuesta quizás sea más simple de lo que parece: porque una economía puede acomodar números… mientras desacomoda personas.

SanCor tambalea. Verónica entra en crisis. La Serenísima también siente el golpe. Y no estamos hablando de kiosquitos improvisados. Estamos hablando de gigantes históricos del sector lácteo argentino.

Cuando hasta los grandes empiezan a ahogarse, tal vez el problema no sea la capacidad de las empresas para sobrevivir… sino la capacidad de la sociedad para consumir.

Y ahí aparece la paradoja argentina más perfecta de todas:

Somos un país que produce alimentos… pero cada vez tiene más gente mirando precios como si estuviera comprando oro.