Gentileza Alejandro Flores ( Periodista-locutor)
El Senado aprobó el pliego de María Verónica Michelli. Hasta ahí, una noticia institucional más. Una de esas que suelen perderse entre discusiones técnicas, expedientes y formalidades parlamentarias. Pero esta vez hubo un detalle que convirtió una designación judicial en un capítulo más de la grieta argentina: la resistencia pública de Javier Milei.
No por antecedentes académicos. No por cuestionamientos sobre su capacidad profesional. No por alguna denuncia concreta. La objeción giró alrededor de un apellido. De un vínculo familiar. De una relación con un periodista.
Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿desde cuándo en la Argentina ser familiar de un periodista es motivo suficiente para quedar bajo sospecha?
El problema no es Michelli. El problema es la lógica que empieza a instalarse. Esa idea de que la independencia de una persona puede medirse por quién es su padre, su hermano, su pareja o su amigo. Una lógica peligrosa porque convierte a los ciudadanos en extensiones de sus relaciones personales.
Lo curioso es que los mismos que suelen denunciar prejuicios y estigmatizaciones terminan aplicándolos cuando el apellido no les gusta.
La aprobación del pliego, además, dejó otra foto política. El oficialismo volvió a mostrar fisuras internas y comprobó que no siempre alcanza con la voluntad presidencial para ordenar al sistema político. El Senado recordó que sigue siendo un poder con capacidad de decisión propia, algo que en tiempos de liderazgos fuertes parece una rareza institucional.
Mientras tanto, la discusión de fondo quedó sepultada. Nadie habló demasiado de cómo mejorar la Justicia. Nadie debatió seriamente sobre los criterios de selección de jueces. Nadie explicó por qué la sociedad sigue desconfiando de los tribunales.
Otra vez el espectáculo se comió al contenido.
Porque en la Argentina discutimos nombres cuando deberíamos discutir instituciones. Peleamos por apellidos cuando deberíamos exigir independencia. Y terminamos evaluando personas por las relaciones que tienen, no por las decisiones que toman.
La Justicia necesita jueces capaces, no jueces con árboles genealógicos aprobados por el poder de turno.
