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El último ritual del Indio

Gentileza Alejandro Flores ( Periodista-locutor)

Hay artistas que llenan estadios. Hay artistas que venden discos. Y después están esos pocos que logran algo mucho más difícil: convertirse en parte de la vida de millones de personas.

Este viernes murió Carlos Alberto Solari, el Indio. Y con él se va mucho más que la voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Se va una forma de entender la música, la rebeldía y hasta la manera de pararse frente al poder. Tenía 77 años y desde hacía años convivía con el Parkinson, esa enfermedad que fue apagando lentamente el cuerpo pero jamás pudo tocar el mito.

Porque el Indio nunca fue solamente un cantante. Fue una contraseña generacional. Una voz ronca que acompañó amores, derrotas, noches interminables y sueños que parecían imposibles. Mientras otros buscaban fama, él construyó misterio. Mientras otros perseguían cámaras, él eligió desaparecer para que hablaran las canciones.

Y qué canciones.

Sus letras no explicaban el mundo: lo desafiaban. Eran espejos rotos donde cada uno encontraba su propia verdad. Por eso cada recital era mucho más que un espectáculo. Era una ceremonia. Una multitud cantando como si esas palabras hubieran sido escritas para cada historia personal.

Hoy Argentina no despide solamente a un músico. Despide a uno de sus últimos grandes símbolos culturales. A un hombre que logró algo extraordinario: ser masivo sin dejar de ser incómodo, popular sin volverse complaciente, inmenso sin perder su condición de outsider.

El Parkinson lo obligó a bajar de los escenarios, pero nunca logró sacarlo del corazón de su gente. Porque hay artistas que se retiran. El Indio se quedó para siempre. En cada bandera ricotera, en cada viaje a la ruta para ver un recital, en cada pibe que descubre una canción y siente que alguien le está hablando directamente al alma.

Esta noche habrá miles de personas escuchando sus discos con los ojos húmedos. No para despedirlo. Porque las leyendas no se despiden.

Simplemente cambian de escenario.

Y allá, en algún lugar imposible de nombrar, seguramente ya empezó a sonar el último gran ritual.