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El mundial y la gran ilusión colectiva

Arrancó el Mundial. Y de repente pasa algo extraño: personas que no se ponen de acuerdo en nada empiezan a compartir la misma conversación.
El vecino que vota distinto, el compañero de trabajo que piensa distinto, el familiar con el que discutís en cada reunión. Todos terminan preguntando lo mismo: ¿jugamos bien? ¿Tenemos chances? ¿Quién sale campeón?
Durante unas semanas dejamos de ser economistas, politólogos y expertos en redes sociales para volver a ser hinchas.
Y eso tiene algo de maravilloso.
Porque vivimos en una época donde todo parece dividirnos. Las redes, la política, los medios. Todo nos empuja a elegir un bando. El Mundial, en cambio, nos recuerda que todavía existen emociones compartidas.
Sí, sabemos que detrás hay millones de dólares. Sabemos que es un negocio gigantesco. Sabemos que muchas veces la pasión se convierte en marketing.
Pero también sabemos que ningún publicista puede fabricar la emoción de un gol en el último minuto.
Eso sigue siendo auténtico.
Por eso el Mundial importa tanto. No por la copa. No por las estadísticas. No por las apuestas.
Importa porque nos permite creer.
Creer que una sorpresa es posible. Que el más débil puede ganar. Que una generación puede hacer historia. Que la felicidad todavía puede aparecer sin avisar.
En tiempos donde abundan las malas noticias, el Mundial llega como una pausa.
Una pausa necesaria.
Porque a veces no se trata de escapar de la realidad.
Se trata de recordar que todavía somos capaces de emocionarnos juntos. Y eso, en estos tiempos, vale tanto como un campeonato.

Por: Alejandro Flores