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El changuito desacelera, la economía no

Por ALEJANDRO FLORES ( periodista-locutor)

Hay algo fascinante en la Argentina: la inflación puede bajar para vos, pero no para las cosas que producen las cosas que después vos compras.

Es como si la economía hubiera descubierto una nueva rama de la física cuántica: el changuito desacelera mientras la fábrica explota.
Porque el dato del INDEC tiene esa belleza tragicómica tan nuestra. La inflación minorista dio 2,6%, el Gobierno salió a festejar como si hubieran descubierto petróleo en Plaza de Mayo, y de repente aparece la inflación mayorista con un 5,2% y te recuerda que abajo de la alfombra todavía hay un incendio.
Y ahí empieza el juego argentino favorito: negar la gravedad.
Sube el petróleo, sube el gas, suben los químicos, suben los refinados… pero tranquilos, dicen algunos funcionarios, “esto no necesariamente se traslada a precios”. Claro. Y yo no necesariamente me mojo si salto a una pileta.
La economía oficial hoy funciona como esas parejas tóxicas que se separan en Instagram pero siguen viviendo juntas. El IPC y la inflación mayorista ya no se hablan, pero duermen en la misma casa. Tarde o temprano uno le grita al otro.
Porque el problema no es sólo el número. El problema es el mensaje detrás del número. Cuando el costo de producir sube más rápido que el costo de vender, alguien en la cadena se está comiendo la pérdida. Y en Argentina ya sabemos quién termina pagando siempre: el último de la fila, el ciudadano común, el que escucha palabras como “desaceleración inflacionaria” mientras cambia primeras marcas por segundas y segundas por nada.
Encima hay un detalle maravilloso: “petróleo crudo y gas” lideran la suba. O sea, energía. La madre de todos los costos. Lo que mueve fábricas, transportes, alimentos y hasta el kiosco que te vende el alfajor. Pero seguimos actuando como si el 2,6% fuera una victoria definitiva y no apenas una foto tomada antes de que llegue la próxima factura.
Argentina tiene esa costumbre emocional de enamorarse de los indicadores que le convienen y esconder los otros en el placard. Como el alumno que muestra el 10 en gimnasia para tapar el 2 en matemática.
Y mientras tanto, el ciudadano ya entendió algo que los economistas discuten en paneles durante horas: si producir cuesta más, vivir también va a costar más. No hace falta Harvard. Hace falta ir al supermercado dos veces en la misma semana.
La inflación argentina siempre fue eso: una película de terror donde el monstruo nunca muere. A veces baja la música… pero sigue respirando.