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Milei y la inquisición libertaria: ¡prendan el fuego!

¡Señoras y señores, bienvenidos al nuevo espectáculo de la política argentina! El Presidente de la Nación ha decidido recuperar una vieja tradición medieval: la hoguera. No para quemar herejes, sino periodistas. No para combatir la ignorancia, sino para castigar a quienes se atreven a cuestionar al poder. Faltan la leña, el verdugo y el cartel de bienvenida. El resto parece estar listo.
Javier Milei dijo que «los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de p…». Una frase presidencial que viene con olor a Edad Media y garantía de fábrica vencida. Porque una cosa es tener la lengua filosa y otra es convertir la investidura presidencial en un lanzallamas dialéctico.
¡Qué tiempos maravillosos para la libertad! El Presidente que hizo campaña denunciando el autoritarismo ahora parece dispuesto a organizar un campeonato de intolerancia, con clasificación por grado de crítica y una final a pura antorcha. Eso sí: todo en nombre de la libertad. Porque, al parecer, la libertad es sagrada mientras uno esté de acuerdo con Milei. Cuando aparece alguien que discrepa, se transforma en material inflamable.
El episodio llega después de que Milei fuera sobreseído en la causa vinculada a la criptomoneda $LIBRA. El mandatario considera que fue víctima de una operación política y mediática. Tiene derecho a defenderse, a cuestionar las informaciones publicadas y a exigir que se demuestre cualquier acusación. Lo que no puede pretender es que, porque una decisión judicial le resulte favorable, todos los críticos deban desfilar con la cabeza gacha y la boca cerrada.
Porque el sobreseimiento en una causa no convierte al Presidente en dueño de la verdad absoluta, ni transforma automáticamente en delincuente a todo aquel que haya formulado preguntas incómodas.
Pero Milei parece haber encontrado una solución revolucionaria para los problemas del periodismo: si no le gusta lo que publican, en lugar de discutir los datos, prende la hoguera. Es el famoso método libertario de resolución de conflictos: menos argumentos, más fósforos.
Y acá aparece la gran contradicción de esta película. Un Gobierno que habla de libertad, propiedad privada y límites al Estado parece olvidar que la libertad de expresión también necesita límites para el poder, no para las preguntas.
El periodismo no está para funcionar como una oficina de relaciones públicas de la Casa Rosada. No está para aplaudir cada discurso, justificar cada tropiezo ni pedir permiso antes de investigar. Su obligación es preguntar. Y la obligación del poder es responder.
Si un periodista miente, que se lo demuestren. Si difama, que actúe la Justicia. Si manipula información, que se expongan las pruebas. Pero cuando la respuesta presidencial es imaginar hogueras, la discusión deja de ser sobre la calidad del periodismo y empieza a ser sobre la calidad de la democracia.
Porque los presidentes pasan. Los gobiernos terminan. Los periodistas pueden equivocarse y deben responder por sus errores. Pero las instituciones quedan, si quienes gobiernan no se empeñan en debilitarlas cada vez que una crítica les amarga el desayuno.
Y hay algo más: la Argentina tiene problemas bastante más urgentes que alimentar la hoguera verbal de un Presidente enojado. Hay trabajadores haciendo malabares para llegar a fin de mes, jubilados que cuentan monedas, comercios que bajan las persianas y familias que hacen cuentas como si estuvieran resolviendo un problema de física cuántica.
Pero no. El gran debate nacional parece ser quién merece arder.
Mientras tanto, la economía espera respuestas, los bolsillos esperan alivio y la sociedad espera que alguien se ocupe de gobernar sin convertir cada desacuerdo en una batalla personal.
Porque gobernar no es pasar lista de enemigos. No es repartir etiquetas de buenos y malos. Y mucho menos confundir la autoridad presidencial con el derecho a humillar, amenazar o intimidar a quienes cuestionan.
Milei llegó prometiendo dinamitar los privilegios de la política. Sin embargo, hay un privilegio que ningún presidente debería reclamar: el de no ser cuestionado.
Y si la libertad consiste en que el poderoso pueda hablar sin filtros, pero el ciudadano deba medir cada palabra por miedo a convertirse en el próximo enemigo, entonces no estamos ante una revolución liberal. Estamos ante una libertad con letra chica, de esas que vienen con una cláusula de exclusividad: válida para los propios, suspendida para los críticos.
La historia está llena de gobernantes que confundieron las críticas con conspiraciones y la obediencia con el respeto. Algunos terminaron rodeados de aduladores que les contaban exactamente lo que querían escuchar. Otros descubrieron demasiado tarde que las hogueras sirven para quemar madera, pero no para apagar las preguntas.
Y, por supuesto, siempre queda la ironía: quienes se presentan como enemigos de la casta terminan construyendo su propia lista de indeseables. Cambian los nombres, cambian las consignas, pero la tentación de señalar al enemigo sigue siendo la misma.
Señor Presidente, la Argentina no necesita una Inquisición con motosierra. Necesita un Gobierno que pueda soportar una pregunta sin buscar un fósforo, una crítica sin declarar una guerra y una investigación sin convertirla en una conspiración universal.
Porque la libertad de expresión no se demuestra permitiendo que hablen quienes nos aplauden, sino tolerando que hablen quienes nos contradicen.
Y si de hogueras se trata, tenga cuidado con el fuego, Presidente. A veces, el que juega a ser inquisidor termina descubriendo que la historia no lo recuerda por las antorchas que encendió, sino por las libertades que ayudó a apagar.
Porque cuando un presidente sueña con hogueras para sus críticos, el problema ya no es quién merece arder. El problema es quién se cree dueño del fuego.

Por Alejandro Flores