Los gobiernos no cambian funcionarios por placer. Los cambian porque algo salió mal.
La llegada de Diego Santilli a la Casa Rosada, en reemplazo de Manuel Adorni, es una de esas decisiones que se toman cuando la realidad empieza a golpear más fuerte que el relato.
Adorni no cayó por un discurso desafortunado ni por una mala semana. Cayó por desgaste. Por acumulación. Por las preguntas que dejaron de tener respuestas convincentes. Y porque las polémicas sobre la evolución de su patrimonio terminaron convirtiéndose en una piedra demasiado pesada para un Gobierno que ya tiene suficientes problemas propios.
La política es brutal: un día sos imprescindible y al siguiente te transformás en un riesgo.
Por eso aparece Santilli.
No llega para hacer una revolución. Llega para ordenar, para descomprimir y, sobre todo, para transmitir una sensación de normalidad. En otras palabras: llega para apagar un incendio.
La reunión de hoy con Adorni, postergada por cuestiones operativas, servirá para la foto y el protocolo. El clásico traspaso de carpetas y sonrisas institucionales. Pero todos saben que lo importante no está en esa imagen.
Lo importante es el mensaje.
Y el mensaje es que el Gobierno entendió que había llegado al límite.
Porque cuando una administración decide desprenderse de uno de sus hombres más visibles, en realidad está haciendo una admisión silenciosa: el problema dejó de ser individual y empezó a afectar al conjunto.
La incógnita ahora es otra.
¿Santilli será el hombre que inaugure una nueva etapa política o simplemente el encargado de administrar una crisis que todavía no terminó?
La respuesta no está en el despacho que hoy ocupará.
Está en un Gobierno que necesita recuperar iniciativa, credibilidad y tranquilidad, tres bienes que en política son mucho más difíciles de conseguir que un reemplazo ministerial.
Y, como siempre en la Argentina, el tiempo dirá si esto fue un relanzamiento… o apenas un cambio de fusibles para evitar que se apague toda la instalación.
Por Alejandro Flores
