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Cuando el dolor se vuelve invisible

Gentileza Alejandro Flores (Periodista-locutor)

Hay noticias que obligan a detener el ruido cotidiano. No por el impacto de una estadística ni por una disputa política, sino porque nos enfrentan a una realidad incómoda: la del sufrimiento humano cuando ya no encuentra salida.
La muerte de Jorge Antonio E., comandante mayor retirado de Gendarmería Nacional y exjefe del Escuadrón 48 de Corrientes, conmocionó a la ciudad. No sólo por la forma en que ocurrió, sino porque detrás de ese episodio extremo hay una historia personal que probablemente pocos conocían en profundidad.
En tiempos donde todo se explica rápido en redes sociales, donde abundan las opiniones instantáneas y los juicios apresurados, conviene recordar que nadie llega a una decisión así de un día para otro. Detrás suele haber procesos silenciosos, batallas internas, problemas de salud mental, soledad, angustias o dolores que muchas veces permanecen ocultos incluso para las personas más cercanas.
Y aquí aparece una pregunta que como sociedad seguimos evitando: ¿qué hacemos con quienes sufren en silencio?
Argentina discute de política, de economía, de inflación, de elecciones y de escándalos. Pero rara vez pone en el centro el debate sobre la salud mental. Seguimos viendo la depresión, la ansiedad o las crisis emocionales como asuntos privados, cuando en realidad son un problema colectivo que atraviesa familias, lugares de trabajo e instituciones enteras.
Resulta paradójico que una sociedad hiperconectada produzca cada vez más personas aisladas. Tenemos miles de formas de comunicarnos y, sin embargo, cada vez cuesta más preguntar genuinamente cómo está el otro y quedarse a escuchar la respuesta.
La tragedia ocurrida en la esquina de Ferré y Brasil no debería convertirse únicamente en una noticia policial. Debería ser una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de la contención, del acompañamiento y de la detección temprana de quienes atraviesan situaciones críticas.
Porque detrás de cada hecho de estas características hay familias destruidas, amigos que se preguntan qué no vieron, compañeros que buscan explicaciones y una comunidad entera que queda golpeada.
El desafío no pasa por buscar culpables ni por alimentar el morbo. Pasa por entender que la salud mental merece la misma atención que cualquier otra problemática sanitaria. Hablar, escuchar, acompañar y pedir ayuda no son signos de debilidad. Son, muchas veces, el primer paso para evitar una tragedia.
Y quizás esa sea la reflexión más importante: nadie debería sentirse tan solo como para creer que no existe otra salida.