Gentileza Alejandro Flores ( Periodista- Locutor)
Hay noticias que no deberían existir. No porque sean imposibles, sino porque son el resultado de una cadena de errores, ausencias y fallas que una sociedad no debería naturalizar.
La aparición sin vida de la adolescente Agostina Vega, de apenas 14 años, golpea de frente a una Argentina que parece haberse acostumbrado a reaccionar cuando ya es demasiado tarde. Durante días hubo búsqueda, preocupación, difusión en redes sociales, cadenas de mensajes y la activación del Alerta Sofía. Todo el país miró hacia Córdoba esperando una noticia distinta. Esperando un final distinto.
Pero la realidad volvió a imponerse con la crudeza de siempre.
Y entonces aparecen las preguntas incómodas. Las que no se responden con comunicados oficiales ni con conferencias de prensa. ¿Qué pasó antes? ¿Qué señales se perdieron? ¿Qué mecanismos fallaron? ¿Qué podría haberse hecho diferente?
Porque cada vez que una menor desaparece, el reloj corre más rápido que la burocracia. Cada minuto vale. Cada hora cuenta. Y cuando el desenlace es el peor posible, la discusión no puede limitarse únicamente a la investigación judicial. También debe alcanzar a las instituciones, a los protocolos, a la capacidad del Estado para actuar con rapidez y a una sociedad que muchas veces mira para otro lado hasta que la tragedia aparece en los titulares.
Hay algo profundamente doloroso en estas historias. No importa la provincia, el apellido o la circunstancia. Cuando una chica de 14 años pierde la vida, fracasa mucho más que una investigación. Fracasa una red entera de protección que debería existir para cuidar a los más vulnerables.
Ahora será la Justicia la que deba reconstruir los hechos, determinar responsabilidades y responder las preguntas que hoy conmueven al país. Pero mientras eso ocurre, queda una certeza amarga: ninguna explicación devolverá una vida que recién comenzaba.
Y quizás allí esté la reflexión más dura. En una Argentina que discute de todo, que se divide por todo y que convierte cualquier tema en una pelea política, hay tragedias que deberían unirnos en una sola exigencia: que ningún chico desaparezca sin que el Estado, las instituciones y la sociedad entera se movilicen con la urgencia que merece.
Porque cuando una adolescente de 14 años termina convirtiéndose en una noticia policial, ya no hay victoria posible. Sólo quedan el dolor, el silencio y una pregunta que vuelve una y otra vez: ¿podría haberse evitado?
