Gentileza: Alejandro Flores (Perriodista-locutor)
Hay una fauna nocturna que ya no necesita esconderse. Antes uno distinguía al peligro por el ruido. Ahora no. Ahora el peligro viene sin luces. Literalmente.
La moto aparece de golpe, como una mala decisión tomada a las tres de la mañana. No tiene patente visible, no tiene escape y, aparentemente, tampoco tiene ninguna relación contractual con las leyes de tránsito. Va zigzagueando entre autos, peatones y semáforos como si la ciudad fuera un videojuego viejo donde el objetivo es sobrevivir hasta el próximo delivery.
Y ahí estamos todos: manejando con miedo a convertirnos en estadística por culpa de un tipo que decidió que la luz baja era una sugerencia del Estado opresor.
Lo más fascinante es la normalidad. Ya nadie se sorprende. Ves una moto completamente apagada cruzando una avenida y la reacción colectiva es apenas un suspiro resignado. Como quien mira una pérdida de agua en el techo y piensa: “bueno, otro quilombo más”.
Porque la moto sin luz no es solamente una moto sin luz. Es el síntoma perfecto de una época donde las reglas dejaron de ser reglas y pasaron a ser recomendaciones opcionales. Una sociedad donde el “hacé lo que quieras” ganó por goleada.
Y mientras tanto, el ciudadano promedio juega al Tetris emocional para volver vivo a casa. Mirá para los dos lados. Frená. Calculá. Dudá. Rezá.
Después aparecen las campañas de seguridad vial con música emotiva y estadísticas en PowerPoint. Pero nadie se anima a decir lo básico: manejar sin luces de noche no es rebeldía. No es calle. No es viveza.
Es una ruleta rusa con ruedas.
Y lo peor es que ya ni siquiera indigna. Apenas cansa.
