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La espiritualidad del control de alcoholemia

Por: Alejandro Flores

Hay algo profundamente argentino —y especialmente correntino— en esa escena de Lourdes Sánchez dando explicaciones públicas por un control de alcoholemia positivo.

Porque acá no estamos hablando solamente de una infracción de tránsito. No. Estamos hablando del extraño ritual nacional donde el funcionario primero mete la pata… y después descubre la iluminación espiritual frente a un micrófono.
“Me hizo reflexionar”, dijo.
Y ahí aparece esa frase mágica que en la política funciona como el “perdón, mi amor, no vuelve a pasar” de las parejas tóxicas. Reflexionan todos. Reflexiona el funcionario que chocó. Reflexiona el concejal que acomodó un familiar. Reflexiona el diputado que viajó en business con plata pública. Este país debe ser el lugar con más gente reflexionando por metro cuadrado y, sin embargo, seguimos manejando como si el semáforo fuera una sugerencia decorativa.
Lo fascinante del caso no es el error. Porque cualquiera puede equivocarse. El problema es el ecosistema alrededor del error. Ese momento exacto en que el poder descubre que las normas también aplican para ellos. Y ahí sí: sorpresa, indignación, introspección, comunicado, tono solemne y cara de “aprendí muchísimo de esta experiencia”.
Pero paremos un segundo.
¿Desde cuándo necesitamos que un control policial nos recuerde que manejar alcoholizado está mal? ¿Qué sigue? ¿Un ministro diciendo “la verdad, el robo me hizo replantearme la propiedad privada”? ¿Un funcionario diciendo “la corrupción me ayudó a crecer como persona”?
En Argentina hay una costumbre peligrosa: romantizar la caída del poderoso cuando pide disculpas con voz quebrada. Como si el arrepentimiento televisado cancelara automáticamente la irresponsabilidad previa. Y no. La reflexión no reemplaza la responsabilidad. Apenas llega después del cachetazo.
Porque además hay otro detalle incómodo: cuando el ciudadano común da positivo en un control, no tiene una entrevista exclusiva para explicar su costado humano. No tiene micrófonos esperando su evolución emocional. Tiene multa, grúa, vergüenza y a casa. Fin del comunicado.
En cambio, el funcionario entra en una especie de terapia pública premium donde el foco deja de estar en la conducta y pasa a estar en “el aprendizaje”. El relato se vuelve casi espiritual. Falta que aparezca música de piano y una placa que diga: “una historia de superación”.
Y ojo: asumir la responsabilidad está bien. Mucho mejor eso que la soberbia habitual de tantos dirigentes que culpan al aparato, al inspector, al protocolo o al universo. Pero tampoco confundamos madurez básica con heroísmo institucional. Cumplir la ley no es un mérito revolucionario. Es el piso.
Lo más interesante de todo esto es cómo funciona la doble vara social. Si el protagonista fuera un pibe cualquiera saliendo de un boliche, gran parte del discurso público sería brutal. “Inconsciente”, “irresponsable”, “peligro al volante”. Pero cuando aparece una figura conocida, el debate muta inmediatamente hacia “la presión”, “el momento”, “la honestidad de reconocerlo”.
Es increíble cómo en Argentina el prestigio convierte una infracción en una experiencia de crecimiento personal.
Y mientras tanto, el ciudadano común mira todo esto con una mezcla de resignación y cinismo. Porque sabe que vivimos en un país donde el discurso siempre llega más rápido que la ejemplaridad. Donde el funcionario pide conciencia vial después de romperla. Donde la autocrítica aparece únicamente cuando ya hay cámaras prendidas.
El problema no es Lourdes Sánchez. El problema es la cultura política del “aprendí mucho” después de hacer exactamente lo que se supone que no tenías que hacer. Esa necesidad permanente de convertir cada metida de pata en una masterclass de humanidad.
Y quizás ahí está el verdadero síntoma argentino: acá nadie renuncia, nadie desaparece, nadie baja el perfil. Acá todos reflexionan. Somos una potencia mundial en introspección tardía.
Un país donde la culpa dura menos que un estado de WhatsApp, pero la conferencia de prensa puede durar horas.