Sorprende a expertos y neófitos por su presencia escénica, destreza y capacidad interpretativa.
A sus 12 años, Marcos Carreras tiene oído absoluto y aprendió a tocar el violín a los 4, antes que a leer. Debutó como solista en el Teatro Colón a los 11. Pese a su corta edad, atesora una amplia trayectoria arriba de los escenarios. Por su talento, la Fundación “Corporación América” le otorgó una beca y el Ministerio de Educación de CABA lo incorporó al programa “Artista de Alta Dedicación”.
Es que Marcos nació para la música. Cuando se para frente a una partitura, sea un auditorio minúsculo o un teatro de gran envergadura, el virtuoso violinista sorprende a expertos y neófitos por su presencia escénica, destreza y capacidad interpretativa.
“Cuanta más gente me mire en un concierto, mejor. No me pone nervioso. Al contrario, me motiva tocar para mucha gente”, afirma el músico prodigio de larga cabellera y pícara mirada.
En cada presentación individual o colectiva, emprende una especie de ritual, detrás de bambalinas. “Antes de pisar un escenario, pienso cómo cautivar al público”, confiesa “Marquitos” con la sorprendente madurez de un adulto.
“Me encanta esta carrera. Amo la música”, enfatiza el pequeño de Almagro.
Recientemente, estuvo tocando en el marco de “La Noche de los Museos”, en los estudios de Radio Nacional Clásica, y en el Concierto “El Legado”, un homenaje al reconocido violinista y pedagogo Rafael Gíntoli (su actual maestro) en el Salón Dorado del Teatro Colón. Antes, se había presentado en la Usina del Arte, el Teatro 25 de Mayo, el Palacio Libertad y el Centro Cultural San Martín, entre otros.

